En el discurso de estos días, la palabra libertad se pronuncia con una facilidad que contrasta con su complejidad real. No todas las personas hablan de lo mismo cuando dicen valorar la libertad; la vivencia de este concepto está condicionada por la historia subjetiva, la seguridad material y el lugar que cada quien ocupa dentro del sistema social.

La libertad como defensa psíquica

Desde la práctica terapéutica, observamos que cuando las necesidades básicas están cubiertas, la libertad tiende a definirse como la ausencia de límites externos: el poder de consumir, circular y decidir sin interferencias.

Esta forma de libertad cumple una función reguladora de la ansiedad: cuanto mayor es la sensación de control individual, menor es el contacto con la vulnerabilidad propia y con la dependencia del otro. No es una libertad relacional, sino defensiva, que mantiene activo al «niño tirano» que todos llevamos dentro.

Michel Foucault y la libertad administrada

Michel Foucault nos ayuda a problematizar esta noción señalando que la libertad puede convertirse en una tecnología del poder. Muchas veces, lo que se ofrece no es emancipación, sino una «libertad administrada», delimitada por normas que producen sujetos obedientes que creen elegir libremente dentro de una habitación pequeña diseñada por el status quo.

El sujeto se siente libre, pero no necesariamente autónomo. Esta forma de libertad es violenta porque expulsa la fragilidad y convierte al otro en una amenaza u obstáculo. Se vuelve una afirmación solitaria del «yo».

La seguridad precede a la libertad

Desde una ética terapéutica, es fundamental recordar que ningún sistema nervioso puede ejercer libertad real si permanece en modo supervivencia. Para quienes viven en la precariedad o el miedo, la libertad no es un ideal abstracto, sino la posibilidad concreta de existir sin amenaza. Hablar de libertad sin atender estas condiciones básicas es clínicamente inconsistente.

Como advertía Viktor Frankl, cuando la libertad se separa de la responsabilidad, degenera en arbitrariedad. Desde una mirada sistémica, lo que no se integra retorna como síntoma social.

Hacia una libertad madura

La libertad madura no consiste en hacer lo que uno quiere, sino en habitar el vínculo sin someter ni ser sometido, reconociendo el impacto de nuestros actos en los demás.

Toda libertad que no puede mirar el sufrimiento que produce no es libertad en sentido pleno: es poder disfrazado de valor. Por eso, ante cualquier oferta de emancipación, conviene preguntarse: ¿hay libertad posible cuando la decisión no surge del propio sistema, sino de una voluntad externa que dice protegerlo?


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