Vivimos en una era donde la identidad parece construirse a partir de la acumulación. En este contexto, resulta cada vez más visible el desarrollo de un capitalismo formativo en torno al acompañamiento terapéutico: los títulos académicos han dejado de ser herramientas al servicio del otro para convertirse, con frecuencia, en medallas de un ego que busca omnipotencia.

Existe, sin embargo, una brecha profunda entre el saber técnico y la capacidad real de acompañar. Mientras el primero se adquiere en la academia, el segundo nace de una disposición ética que —en palabras de Byung-Chul Han— exige silenciar el ruido del “yo” para permitir que el otro aparezca.

Ignorar esta distinción conlleva un riesgo serio: el daño silencioso que se ejerce en espacios que se autodenominan terapéuticos. Cuando un profesional se presenta ante la vulnerabilidad ajena armado únicamente con sus certezas, el otro corre el riesgo de convertirse en un escenario para su propio lucimiento. Aquí cobra plena vigencia la advertencia de Michel Foucault: el saber puede transformarse en un ejercicio de poder si no existe una revisión constante de la intención. Acompañar no es dominar la subjetividad del otro, sino responder a la llamada de su rostro con una responsabilidad que no busca reconocimiento, sino cuidado.

Formarse, por tanto, no es simplemente acumular certificados o diplomas en la pared. Es también cultivar la humildad científica de la que hablaba Paulo Freire: aquella que nos permite decir con honestidad “todavía no estoy en condiciones”. Puede ocurrir que una formación o certificación no sea aplicada profesionalmente y quede integrada únicamente como parte del crecimiento personal. Reconocer este límite no es una señal de debilidad, sino una expresión madura de ética en acción. Es comprender que nuestra presencia, despojada de la necesidad de control, es el único lugar donde el vínculo humano puede realmente sanar.

Hace algunos años fui invitado a dictar talleres en una provincia. La organizadora reunió cerca de 45 personas inscritas, una cifra que para mí resultaba significativa. La sorpresa llegó cuando me explicó que aproximadamente la mitad no asistiría, pero necesitaba el certificado de participación para incorporarlo a su hoja de vida. Dado el valor que otorgo a lo que comparto, decidí cancelar el evento y devolver el dinero. A esta experiencia la llamo mi primer acercamiento a la fetichización del conocimiento: se estudia para “sentirse bien” con uno mismo, para calmar la ansiedad de la propia insuficiencia o para vestir al yo con un aura de autoridad que, en la práctica, funciona como escudo.

Desde una perspectiva psicoanalítica, el título deja de ser una herramienta de trabajo y pasa a operar como un objeto transaccional que calma la ansiedad del profesional.

  • La lógica de la acumulación: puede entenderse como un mecanismo defensivo frente al sentimiento de insuficiencia. Se coleccionan certificados para llenar un vacío identitario. El título “viste” al yo, pero no garantiza la desnudez emocional que exige el acompañamiento.
  • El prestigio como armadura: cuanto mayor es la titulación ostentada, más difícil resulta mostrarse vulnerable o decir “no sé”. El saber se convierte en una coraza que bloquea el encuentro genuino entre seres humanos.

Desde la psicología social, este fenómeno se refuerza por el sesgo de autoridad: la creencia de que alguien con múltiples doctorados es inherentemente mejor acompañante que otra persona con menor titulación formal, pero mayor sensibilidad y experiencia práctica.

  • Capitalismo terapéutico: se instala una correlación falsa entre inversión educativa y calidad ética. El profesional siente que debe “recuperar” lo invertido elevando tarifas, convirtiendo el acompañamiento en un bien de lujo.
  • Consecuencia: el otro deja de ser un sujeto y pasa a ser un “cliente” que financia la colección de diplomas.

Es importante subrayar algo esencial: formarse está bien y es necesario. Actualizarse, asistir a supervisiones y profundizar en la teoría constituye un acto de respeto hacia quienes confían en nosotros. La supervisión, de hecho, es uno de los principales antídotos contra la ceguera del ego: el espacio donde bajamos la guardia y permitimos que otro mire nuestra práctica para asegurar que no estamos dañando.

La pregunta clave no es si formarse, sino para qué. La formación ética no busca inflar el ego, sino afinar el instrumento que somos nosotros mismos. Una formación responsable nos brinda herramientas para comprender la complejidad humana y, al mismo tiempo, la madurez para decir: “esto no es para mí” o “aún no estoy en condiciones de acompañar este proceso”.

Un maestro me preguntó una vez, ¿en qué basas tu ambición? Y quien sabe, esa pregunta podría repetirse nuevamente mientras terminas de leer este artículo.

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