Cuántas veces he recurrido a la IA para mejorar un post de redes y todos tienen el mismo “hook” que es la frase inicial de un mensaje, muy similar a cualquier colega, parecemos todos alumnos y discípulos de la misma escuela. Mi primera carrera es diseñador gráfico y antes de la IA me apasionaba diseñar portada de libros, pósters, revistas, al punto que llegué a ser conocido por un estilo especial que unía el collage y referencias históricas. Hoy que uso la IA por aburrido, apurado u ocioso solamente encuentro gráficas sin alma, que transmiten formas y letras ordenadas pero vacías.

La IA tiende a convertir a todos en una sola voz, homogenizando la vida, el discurso, las formas visuales y narrativas. Ahora pienso que logrará lo que muchos tiranos soñaron y no pudieron ver realizado, anular la diversidad y la creatividad sin ejercer violencia. Estamos en un camino en que las personas terminan prefiriendo conversaciones que no las desafíen. Preferirán un mensaje genérico que se amolde a su necesidad, que les calce perfectamente. Se dará una tiranía que optimiza todo, incluso la espiritualidad.
Detrás de esto también nos encontramos quienes empezamos a acompañar procesos personales en los últimos 10 años, y hago la observación del tiempo pues mis más queridos terapeutas superan los 25 años de práctica profesional clínica, y casi no tienen redes sociales, pero mis compañeros de estudios, con quienes empecé hace 10 o 15 años, parecemos una horda de generadores de contenido hambrientos por likes, aun cuando podemos sostener nuestros consultorios sin postear una letra, pero el ego de las redes toca a las mentes contemporáneas más honestas que conozco y las convierte en otra caja de corn flakes. Veo a buenos terapeutas usar la IA para sus mensajes, y terminando diciendo cosas totalmente lejanas a todo el conocimiento y experiencia que pueden compartir.
Ahora es muy común toparte con cuentas de Instagram que te ofrecen un “TRABAJO PROFUNDO” y no es que sea mentira, sino que la IA converge hacia las expresiones más buscadas en Google. El resultado es una inflación obscena del lenguaje terapéutico: muchas palabras con apariencia de profundidad, pero poca diferenciación y, a veces, poca experiencia vivida detrás de ellas.
Hice un experimento hace meses, creando videos con IA de personas hablando a la cámara, usando testimonios reales de mis consultantes, pero dándoles cara de IA y resultó muy mal recibido, varias personas me escribieron diciendo que sabían que el contenido era cierto, pero las imágenes eran falsas y generaba mucha confusión en quien me conocía.
La IA no puede ser honesta porque la honestidad presupone una intencionalidad y una vulnerabilidad que le son ajenas. Puede simular honestidad, generando textos en primera persona, confesando supuestas debilidades o usando un tono empático: “Te voy a contar lo que me pasó”. Pero esta es una «autenticidad de cartón piedra» que, al ser masificada, crea lo que podríamos llamar un «efecto espejo»: el usuario se ve reflejado en un mensaje que parece hecho para él, pero que en realidad es un producto estadístico. Esto no conecta con el otro, sino con una proyección de sí mismo, generando una ilusión de acompañamiento que, en realidad, es un aislamiento más profundo.
La masificación es la antítesis del mensaje humano y honesto en el bienestar. Este tipo de comunicación se nutre de la relación única y no-transferible entre dos personas: el terapeuta y el paciente, el guía y el buscador. La IA, por su propia lógica, busca lo que es replicable y escalable. Su «honestidad» no es más que la media estadística de lo que funciona, una suerte de consuelo algorítmico. La IA procesa el sufrimiento, la ansiedad o la búsqueda de sentido como datos a optimizar, no como experiencias encarnadas.
El contenido de bienestar que genera carece de lo que Heidegger llamaría un «ser-en-el-mundo»: no surge de una vida vivida, de un cuerpo que siente, de una historia personal que duele y se transforma. Como señala Innerarity, la IA «carece del soporte físico del cuerpo humano, lo que le impide instalarse en el mundo y comprender los contextos de la realidad».
Byung-Chul Han profundiza en esta incapacidad al señalar que la IA «no puede demorarse ni experimentar la pasividad». Carece de la «dimensión afectiva y capacidad de estremecimiento esencial». El bienestar auténtico, en su visión, no proviene de la aceleración y la optimización, sino de la capacidad de detenerse, de contemplar y de dejarse afectar por la negatividad. Al generar contenido de bienestar de forma masiva y automatizada, la IA no invita a la pausa y la reflexión, sino que intensifica la lógica del rendimiento. Ofrece soluciones rápidas para males complejos, fomentando una «autoexplotación» donde el individuo consume consejos para «optimizarse» a sí mismo, en lugar de escucharse y enfrentar su vulnerabilidad.
“Yo y Tú” es la obra filosófica más influyente de Martin Buber, publicada en 1923. En ella desarrolla la filosofía del diálogo, una propuesta que ha marcado la filosofía, la teología, la psicología y la ética contemporáneas al situar la relación con el otro en el centro de la existencia humana. La obra distingue dos formas básicas de relacionarse con el mundo. La relación Yo–Tú describe un encuentro auténtico entre personas, caracterizado por la presencia, la reciprocidad y el reconocimiento del otro como un ser único. En cambio, la relación Yo–Ello corresponde al ámbito de la experiencia, el conocimiento y el uso de las cosas; es necesaria para la vida cotidiana, pero resulta insuficiente cuando se convierte en la única manera de comprender a los demás.
La resonancia tiene cuatro características: no puede programarse; no puede repetirse; no puede automatizarse; transforma a ambas partes. La IA puede producir contenido. Pero no puede resonar. Puede imitar la resonancia. No producirla. Eso es especialmente importante para quienes comparten procesos humanos.
La IA produce muy buen contenido para: explicar, resumir, organizar, enseñar. Pero los servicios de bienestar y sanación no venden información. Ofrecen confianza. Y la confianza aparece cuando percibimos: coherencia, trayectoria, vulnerabilidad, experiencia, presencia.
¿Qué hacer ahora?
Primero, espero que hayas llegado a estas líneas, cuando comparto mis escritos en el blog, trato de no extenderme mucho, hoy resulta más difícil darse tiempo para leer desde el teléfono, lo comprendoLa IA es muy buena para: explicar, resumir, organizar, enseñar. Pero los servicios de bienestar y sanación no venden información. Ofrecen confianza. Y la confianza aparece cuando percibimos: coherencia, trayectoria, vulnerabilidad, experiencia, presencia. Nada de eso es escalable. Todo eso es intransferible.
Yo mismo lo hago: ahora uso la IA para ordenar ideas cuando escribo en diversos archivos, para confirmar datos, o para estructurar una clase y que no se pierda el hilo. Pero jamás para escribir el mensaje final que llevará mi firma. Que la IA sea tu asistente de taller, no tu orador.
La tarea de recupera la imperfección como marca de autenticidad.
No edites demasiado. Deja que el texto tenga la aspereza de lo vivido. Incluye dudas, preguntas sin respuesta, confesiones incómodas. Permite que tu mensaje no sea para todos, sino solo para quienes puedan resonar con él. La IA busca el mensaje óptimo para la mayor audiencia; tú debes buscar el mensaje verdadero para los que están dispuestos a escuchar.
Finalmente cultiva la presencia y acepta la lentitud.
La IA no puede demorarse. Tú sí. Aprovecha esa demora para escribir a mano, para conversar sin prisa, para diseñar sin mirar el reloj. Eso que la IA no puede hacer es exactamente lo que te hace humano y, por tanto, valioso.
Pero tú, desde tu consultorio, desde tu pincel, desde tu voz, puedes hacer lo contrario: singularizar. Cada encuentro terapéutico es único. Cada diseño hecho con tus manos es irrepetible. Cada mensaje escrito desde tu experiencia es intransferible.
Esa es tu resistencia. No es violenta ni reactiva. Es una afirmación: afirmar que lo humano no se optimiza, se encuentra.
Y en ese encuentro, en ese Yo–Tú que la IA jamás podrá simular, está la única honestidad que vale la pena ofrecer.