
A veces creía que el camino de servicio que elegí se cuenta solo con gratitud y logros. Pero este año me recordó que la verdad es más simple, más humana y más honesta.
Acompañé 725 procesos individuales, sostuve 56 talleres grupales y compartí múltiples espacios de formación. Son cifras que muestran constancia y movimiento, pero no revelan lo que realmente ocurrió dentro y fuera de mí.
El peso de la presencia
Hubo un tiempo en el que atendía más sesiones en el parque que en el consultorio, donde los árboles eran parte del encuadre terapéutico. Este año, en cambio, estuve menos en contacto con la tierra y más con el sillón; en encuentros que exigieron una presencia distinta, más profunda y también más vulnerable.
No todos los espacios florecieron. Tuve que aceptar los límites del cuerpo, de la energía y de lo posible:
- Talleres que no llegaron al aforo necesario.
- Encuentros cancelados por cansancio.
- Un retiro que finalmente no se dio, obligándome a asentir a una realidad que me incomodaba.
La medicina en la imperfección
Hubo sesiones en las que no estuve en mi punto más luminoso y momentos en los que mi propio conflicto interno hablaba demasiado fuerte. Mientras sostenía procesos ajenos, también atravesé mis propios duelos y silencios.
Sin embargo, desde ese vacío fértil regresé a la confianza profunda en el amor integrado, ese movimiento mayor que acompaña cada proceso humano. Vi avances extraordinarios en otros, pero también acompañé caídas profundas que pedían más silencio que palabras.
El facilitador como instrumento
Entendí una vez más que no soy el autor del proceso, sino apenas un instrumento sensible en el campo. Abracé mi realidad como parte legítima del camino y honré tanto lo que se dio como lo que no, reconociendo que todo tiene su lugar.
El servicio que decidí brindar no se mide en números, sino en presencia, humildad y honestidad. Sigo aquí: disponible, imperfecto y aprendiendo, con la mirada en lo esencial y el corazón agradecido por todo aquello que todavía está naciendo en el misterio.