Lamento si alguna vez acudiste a alguien que te prometió mucho y te ofreció poco.
Lamento si viviste experiencias de violencia terapéutica, donde un facilitador impuso su manera de ver el mundo, descalificó tus preguntas o no respetó tu proceso.
Necesito decirlo porque, a lo largo de estos años, he recibido personas profundamente heridas, no solamente por lo que les ocurrió en la vida o en sus familias, sino también por quienes supuestamente debían acompañarlas.
Personas que encontraron manipulación emocional donde esperaban cuidado; personas a quienes les quitaron dinero, energía y confianza en nombre de la sanación.
Y quiero ser claro contigo.
La mirada y el acompañamiento que te ofrezco no lo sanan todo.
No producen cambios inmediatos, no garantizan equilibrio ni traen verdades terminadas.
Si alguien te promete eso, desconfía.
Sé que cuando uno está desesperado puede aferrarse a cualquier promesa.
Lo sé porque yo también estuve ahí.
Busqué ayuda, conocí de todo un poco y también tomé caminos equivocados.
No te hablo desde un lugar de superioridad.
Sigo aprendiendo cada día: en las consultas, en las supervisiones, en mi propia terapia, en los cursos y formaciones. Pero, sobre todo, en mi familia y en mis vínculos más importantes, donde ninguna teoría puede sustituir lo que significa encontrarse verdaderamente con otro ser humano.
No soy improvisado.
He estudiado bastante.
He dedicado muchas horas a mi formación y también muchas horas a estar del otro lado, como paciente. Y sigo haciéndolo.
Me desencanté de maestros.
Cuestioné ideas que alguna vez defendí.
Fracasé varias veces.
Tuve que reconocer mis errores y volver a empezar.
No tengo interés en presentarme como alguien que ya resolvió su vida, ni en convencerte de que poseo respuestas que tú no tienes.
Lo que puedo ofrecerte es mi experiencia, mi formación, mi presencia y una disposición honesta a mirar contigo aquello que quizá todavía no has podido comprender.
Sin imponerte mis creencias.
Sin prometerte milagros.
Sin convertir tu dolor en un negocio de certezas.
Si decides caminar un tramo conmigo, que sea desde tu libertad, no desde tu desesperación.
Alfredo
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